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lunes, 27 de agosto de 2018

Una botella en el jardín


Hace un mes, al salir temprano de casa, como todos los días rumbo al trabajo, observé que una botella dormía plácida en el jardín frente a mi predio. No tengo reparo alguno en acercarme y despetarla del sueño para llevarla 1 cuadra más arriba, cerca del paradero a un tacho que por fortuna siempre amanece con el personal de limpieza de la municipalidad.
Todos los días, de lunes a viernes, es la misma tarea, suelo recoger entre 1 a dos botellas, a veces de plástico, otras de vidrio, y particular es el día que no amanece alguna.
No contabilizo los sábados o domingos porque esa es otra historia, mi barrio tiene vecinos de muchas procedencias, migran y transitan con frecuencia, por lo que estoy acostumbrado a ver diferentes rostros y vestimentas entre las calles de mi vecindad. Sin embargo, las botellas que duermen en mi jardín cada tarde o noche, no transitan, solo aparecen ahí, al ritmo de los insaciables gustos de los paladares ansiosos de dulce, caramelo, frutas o simplemente cebada.
No hay gustos exquisitos, por lo general, las botellas sienten un gran placer para quedarse en mi jardín, y es que me ha dado la impresión que muchas veces caminan y en vez de dormir en la pista o la vereda, se desplazan arrastrándose con la devoción de un peregrino hasta las líneas de contexto que tiene mi pequeño pulmón.
Aquellas botellas, han motivado amanecer más temprano de lo normal para averiguar que las motiva el recostarse en el jardín...pero aún no logro descrifrar este misterio...y por el contrario, hasta ahora solo disfruto del placer de llevarlas a dormir placenteramente al tacho de basura cerca del paradero.